¿Bachelet sepulturera?
Patricio Navia
Revista Capital,
#220, Diciembre 28, 2007
Aunque desde el
primer día sabía que corría el riesgo de pasar a la historia como la primera
mujer en llegar a La Moneda y también como la última entre los mandatarios concertacionistas, Bachelet
parece ahora atrapada en una tragedia griega donde, pese a aspirar a lo opuesto,
su historia que magistralmente se inició con la proeza de ser la primera mujer
en llegar a La Moneda terminará con la lamentable derrota de la coalición centro-izquierdista
que tan loablemente dirigió los destinos del país en el periodo post dictadura.
Desde su
irrupción en la política, Bachelet simbolizó el
cambio con continuidad. Difícilmente la Concertación hubiera ganado en 2005 de
no ser por la frescura y el recambio que la doctora representó. Pero también es
cierto que de no haber tenido a la Concertación disciplinada y ordenada
apoyándola, Bachelet difícilmente hubiera sido una
candidata viable. De ahí que su gran desafío fuera hacer realidad la expectativa
de cambio (más allá de tener a una mujer en La Moneda) sin alterar la
estructura de continuidad concertacionista.
Ya parece lugar
común repetir que los primeros dos años de Bachelet
han producido resultados discretos. Además del inconveniente hecho que los
principales eventos de estos años han sido las protestas estudiantiles y el Transantiago, Bachelet tampoco ha
logrado darle al concepto de red protección social el sello distintivo que
prometió en la campaña. La economía ha crecido por debajo del promedio
latinoamericano. La producción legislativa ha sido decepcionante y la
modernización del Estado ha sido más bien tema de comisiones que de reformas
dolorosas pero necesarias. Bachelet alega que a las
mujeres se les mide con una vara distinta. Pero si el suyo hubiese sido el
gobierno de un hombre, nadie se cuidaría de llamar su desempeño mediocre. Chile
dejó de ser la estrella regional. Hasta los partisanos concertacionistas
admiten el decepcionante desempeño. Faltan las ideas, sobran las ineptitudes en
gestión. Las disputas por cuotas decrecientes de poder aumentan y la disciplina
de los partidos concertacionistas lisa y llanamente
no existe. Como parece que se hunde el barco, muchos parlamentarios empiezan a
buscar otros destinos, otras alianzas y otros rumbos para seguir haciendo
política. Pero ¿es inevitable que un mediocre gobierno de Bachelet
sepulte las aspiraciones presidenciales de la Concertación en 2009?
Fin del gobierno
Uno de los peores
dolores de cabeza de Bachelet ha sido el debilitamiento
sistemático de los partidos de la Concertación. Pero la Presidenta tiene algo
de responsabilidad en ese debacle. Desde que era candidata, Bachelet
insistió en privilegiar una relación directa con la gente. El suyo sería el
gobierno de las personas (en contraposición al gobierno de los partidos de sus
predecesores). Pero aunque loable, esta idea de la democracia de ciudadanos
atenta contra la lógica de la democracia representativa. La complejidad del
mundo moderno nos obliga a escoger representantes que defiendan nuestros
intereses. La mejor forma de hacerlo es a través de partidos políticos
estables, con mecanismos de rendición de cuentas y transparencia. Así como escogemos
AFPs, bancos, seguros, supermercados o marcas de
automóviles, en democracia escogemos la marca de partidos que mejor representen
nuestros intereses.
Porque su
popularidad efectivamente emanó de la gente y no de una confabulación de los
partidos concertacionistas, Bachelet
entendía que debía gobernar para la gente. Por eso, cuando anunció su primer
gabinete, ignoró las presiones de los partidos. En cambio, privilegió las caras
nuevas y la paridad de género. Los partidos oficialistas resintieron el golpe y
optaron por darle una lección a la Presidenta. Al no construirlo sobre los cimientos
de los partidos, este gobierno tenía pies de barro. Bastaron las protestas
estudiantiles para hacerlo tambalear.
Desde entonces,
la Presidenta ha desarrollado una relación de desconfiada cooperación con los
partidos. Aunque los busca cuando se siente débil, los ignora al momento de
tomar decisiones importantes. Peor aún, en vez de entender que los partidos
también poseen diversidad y pluralismo internos, Bachelet
se limita a negociar con las directivas de cada partido. Aunque como la Presidenta también cae víctima de sus
impulsos, a veces rompe el protocolo y negocia directamente con parlamentarios
díscolos, provocando la ira de las directivas oficialistas. ¿Palos porque bogas
y porque no bogas? No, más bien falta de claridad en la forma en que la mandataria
trata con los partidos. La discrecionalidad en el trato con los partidos
contribuyó a debilitar esas esenciales instituciones de la democracia
representativa.
Bachelet ha pagado
altos costos por esta difícil relación con los partidos. Su nivel de aprobación
ha caído a su punto más bajo (alrededor del 40%) desde que asumió el poder. Ahora
la Presidenta parece atrapada entre un cambio de gabinete demasiado anticipado
como para que pueda tener un efecto real en el desempeño futuro del gobierno y
un calendario electoral que en seis meses ya tendrá candidatos a alcaldes y
concejales disputando las páginas políticas de los diarios. Este gobierno
parece obligado a preparar el aterrizaje antes de haber podido siquiera
despegar.
¿Fin de la Concertación?
La mayor
fortaleza de la Concertación ha sido su poderío electoral. Desde 1989, la
coalición centro-izquierdista ha ganado todas las elecciones (4 presidenciales,
5 parlamentarias, 4 municipales). Con crisis económicas y políticas de por
medio, la Concertación siempre ha logrado sumar más votos que la Alianza.
Incluso en 2005, cuando los dos candidatos presidenciales de la Alianza sumaron
más votos que Bachelet en primera vuelta, la
Concertación se impuso en diputados y senadores (y la propia Bachelet obtuvo la victoria en la definitiva segunda
vuelta).
Pero los éxitos
pasados no garantizan triunfos futuros. La Concertación parece agotada de ideas
y cansada en el poder. Los conflictos internos arrecian. La adhesión ciudadana
a esa coalición va en caída. Nunca, desde 1990, tan pocos chilenos se sentían
identificados con la Concertación (alrededor del 20%). Adicionalmente, los
problemas de gestión del gobierno inevitablemente dañarán la votación de los
candidatos oficialistas en las municipales de octubre de 2008. En Santiago, los
candidatos de la Concertación tendrán que hacer campaña con la pesada mochila
del Transantiago a sus espaldas.
La economía dista
mucho de ir como avión y el gobierno parece incapaz de solucionar los
inevitablemente problemas políticos que nacerán de las complejas negociaciones
al interior de la Concertación para repartirse las candidaturas en las 345
comunas del país. Sin duda, esta será la más difícil de las elecciones que haya
enfrentado la coalición gobernante. Pero nadie debiera subestimar la capacidad
de la Concertación para sobrevivir. No por nada, la coalición oficial lleva 18
años en el poder (más de lo que estuvo el propio Pinochet, con represión y
dictadura de por medio).
Porque
privilegiará su propia supervivencia, la Concertación intentará marcar
distancia de La Moneda. Aunque las directivas de los partidos entiendan que al
alejarse de Bachelet perderán credibilidad y enviarán
una señal de ingobernabilidad, individualmente los candidatos oficialistas
separarán aguas de su presidenta. De la misma forma que Bachelet
se alejó de los partidos en la campaña de 2005, los candidatos de la
Concertación se alejarán de la Presidenta en la municipal de 2008. Porque nadie
quiere estar cerca de los perdedores, Bachelet no
será la foto más buscada por los aspirantes a alcaldes de la Concertación en
2008. Porque al pensar en su beneficio personal, los candidatos de la
Concertación—y por consiguiente los propios partidos oficiales—preferirán salvarse
ellos mismos antes de sacrificarse para salvar al gobierno, la Concertación
terminará aplicando la lógica de “para
obtener la victoria de 2008 hay que alejarse de Bachelet.”
¿Y ahora quién podrá defender a La Moneda?
Un gobierno
impopular siempre tiene problemas para avanzar su agenda legislativa. Un
gobierno impopular que va de salida tiene un camino todavía más difícil.
Felizmente para Bachelet, su gobierno todavía tiene
algunas fortalezas y posee una razonable hoja de ruta. Las reformas al sistema
de pensiones, la reforma educacional y la necesaria modernización del Estado
pueden resultar más fáciles de implementar por un gobierno que se sabe actor
electoral irrelevante que por uno que aspira a construir las bases de la
sucesión en 2009. Porque entiende que no tendrá arte ni parte en la campaña
municipal de 2008 y en la selección del candidato presidencial en 2009, Bachelet puede concentrarse en construir consensos para
dejar dos legados permanentes que le hagan bien a Chile y que contribuyan a
crear esa red de protección social que prometió la Presidenta. Mucho más que
política, la presidenta debe concentrarse en negociar la implementación de
políticas públicas. Mucho más que privilegiar las peleas de trinchera (con el
hábil vocero Vidal), Bachelet debe negociar
quietamente en el Congreso reformas que den fruto después que se termine su
periodo. Ahora que las expectativas sobre lo que puede hacer su gobierno han
caído dramáticamente, Bachelet puede aprovechar las
condiciones para construir un legado que, si bien discreto, permita que los éxitos
que la historia atribuya a su gobierno sean superiores a los ya legendarios
fracasos que los textos de historia asociarán con su administración.