Las interpelaciones parlamentarias
Patricio Navia
Revista Capital, #224,
marzo 21, 2008
De todas las
reformas institucionales adoptadas desde el retorno de la democracia, la
interpelación parlamentaria a ministros de Estado es una de las menos acertadas.
En vez de consolidar el poder fiscalizador de la Cámara de Diputados y reducir
el presidencialismo exacerbado de nuestro sistema político, esta atribución ha
devenido en un triste espectáculo. En cada una de las interpelaciones que han
ocurrido desde que esta reforma constitucional entró en vigencia, los
beneficios para el ejercicio del mandato fiscalizador de la Cámara han sido
mínimos mientras que los costos en términos de desprestigio de la política han
sido enormes. En vez de ser conducente a mejorar los canales de diálogo y
negociación entre el gobierno y la oposición, la interpelación parlamentaria ha
convertido a la Cámara en un escenario ocasional de fallidos y deplorables
intentos de linchamiento político que solo deshonran a todos los involucrados.
En las reformas
constitucionales promulgadas en 2005 se incluyeron innovaciones que buscaban
mejorar la capacidad fiscalizadora de los diputados. Entre ellas estaba la potestad
de citar a un ministro para “formularle preguntas en relación con materias vinculadas
al ejercicio de su cargo” (artículo constitucional 52c). Los ministros deben
presentarse, hasta tres veces al año, para ser interpelados si así lo solicita
la Cámara. La primera interpelación se produjo en medio del movimiento
estudiantil en junio de 2006, cuando el entonces titular de Educación Martin Zilic, se sometió a un maratónico, pero inútil,
interrogatorio. Desde entonces, la interpelación de ministros se ha convertido en
una práctica común. Desde el vocero de gobierno Francisco Vidal hasta la
titular de Salud Soledad Barría, ya son cuatro los ministros que han sido
interpelados.
Tal vez la más
patética de todas las interpelaciones fue la del entonces Ministro del Interior
Belisario Velasco, el 13 de agosto de 2007. Aunque la convocación era para
averiguar sobre las responsabilidades por el Transantiago,
el diputado UDI Rodrigo Álvarez lo increpó con un religioso y extemporáneo “en
nombre de Dios, váyase.” Emulando la legendaria frase del parlamentario inglés
Oliver Cromwell, Álvarez pareció no entender que, en un
país donde los ministros son de la exclusiva confianza del presidente, la
interpelación parlamentaria no tiene sentido. Porque Chile no posee un sistema
parlamentario como el inglés—ni tampoco debiesen existir exabruptos autoritarios
como el de Cromwell en 1653—la interpelación
parlamentaria simplemente no tiene sentido.
Es comprensible
que la Cámara de Diputados busque fortalecer sus atribuciones fiscalizadoras y
mejorar su poder relativo frente al ejecutivo y al Senado. Es más, muchos
estudiosos han advertido sobre los efectos negativos que la ausencia de
apropiados pesos y contrapesos en nuestro sistema político tiene para la
consolidación democrática. Pero la interpelación parlamentaria no contribuye a
solucionar el problema. Ya que el sistema electoral binominal
convierte a la Alianza y a la Concertación en los grandes electores, los
parlamentarios deben sus puestos mucho más a las negociaciones entre partidos
que a su desempeño legislativo o a su servicio a los electores. Peor aún, ya
que los votantes difícilmente pueden evaluar su desempeño, los diputados saben
que el estudio acucioso de los proyectos de ley poco les ayuda para ganar la
reelección. Al contrario, sólo si producen noticias, son conocidos en sus
distritos. Por cierto, las interpelaciones proveen una inmejorable ocasión para
que diputados de oposición puedan aparecer en la televisión. Más que fortalecer
la fiscalización, las interpelaciones terminan siendo oportunidades para que
los diputados potencien su propia posibilidad de re-elección.
Para mejorar la
calidad de nuestra democracia, Chile necesita adoptar reformas que fortalezcan
al poder legislativo. Pero esas reformas deben producir un sistema electoral
más competitivo, introduciendo incentivos para que los electores—y no las
coaliciones—decidan quién llega al parlamento. También debe fortalecerse la
capacidad fiscalizadora de la Cámara e introducir incentivos para que los
diputados dediquen más tiempo al estudio de proyectos de ley y al proceso
legislativo en general.
Lamentablemente,
mientras siga en vigencia, la interpelación parlamentaria mantendrá los
incentivos para que los diputados se preocupen más del performance mediático
que de ejercer eficazmente su potestad fiscalizadora. De paso, estos excesivamente
histriónicos y fiscalizadoramente inútiles espectáculos solo contribuirán a
debilitar nuestra democracia y a profundizar la crisis de legitimidad de la
clase política.