El Jefe de Gabinete que no fue
Patricio Navia
Revista Capital,
#226, abril 18, 2008
Aunque los
optimistas todavía esperan que las cosas mejoren, el tercer gabinete de
Bachelet cumplió sus primeros 100 días en medio de crisis política y sin que el
nuevo titular de Interior haya sido capaz de asumir el control del timón. El
fallido intento de despegue del tercer gabinete confirma las sospechas sobre la
inutilidad de realizar nuevos cambios de ministros en lo que resta de este
gobierno. Toda vez que políticos con personalidades tan distintas como Andrés
Zaldívar, Belisario Velasco y Edmundo Pérez Yoma terminaron sufriendo del mismo
síndrome de debilidad y marginalización, podemos concluir con certeza que la
gran falla estructural política de este gobierno radica en el sillón
presidencial.
Luego de que su
llegada alimentara esperanzas de orden, autoridad y liderazgo político, el desempeño
de Pérez Yoma después de tres meses en el cargo no puede ser evaluado
satisfactoriamente. De hecho, a Pérez Yoma le pasó lo mismo que al gobierno de
Bachelet. Empezó con entusiasmo, pero las expectativas de éxito se diluyeron
demasiado pronto. Al cabo de tres meses, Pérez Yoma se ha terminado amoldando
al estilo débil y ausente de los anteriores ministros del Interior. Incapaz de
construir una relación de confianza y trabajo con Bachelet, Pérez Yoma pasó de ser
un ministro inicialmente empoderado a convertirse en un actor secundario de la
política cotidiana. Su reciente discurso
convocando a los partidos a un gran acuerdo para la reforma del Estado reflejó
su creciente marginalización. En vez de anunciar el acuerdo junto a los
representantes de los partidos, Pérez Yoma convocó a un gran pacto frente a una
audiencia empresarial.
El nombramiento
de Pérez Yoma había producido altas expectativas. En buena medida porque
Bachelet estaba de vacaciones, Pérez Yoma pareció asumir un papel mucho más
activo en la conducción política en los meses de enero y febrero. No obstante, apenas
la Presidenta regresó de su extenso descanso estival, Pérez Yoma perdió fuerza.
Al decidir defender a su Ministra de Educación Yasna Provoste frente a la
acusación constitucional de la Alianza, Bachelet desoyó los consejos de su
ministro del Interior. La derrota de Pérez Yoma fue de público conocimiento. Después
que el titular de Interior pareció abierto a discutir una rebaja temporal del
IVA, la Presidenta cerró filas con su Ministro de Hacienda Andrés Velasco.
Cuando sus consejos son ignorados y sus posturas derrotadas, un titular de
Interior no tiene mucho más que hacer en el gobierno.
Afortunadamente
para Bachelet, Pérez Yoma no parece dispuesto a renunciar. El titular de
Interior tiene una agenda política que llega más allá de marzo de 2010. Pérez
Yoma quiere facilitar el regreso de un DC a La Moneda. Por ello, aunque su
poder se ha reducido significativamente, es improbable que Pérez Yoma abandone
el gabinete. El Ministro del Interior aceptará seguir por la misma dolorosa vía
dolorosa de debilitamiento sistemático de los dos ministros que le precedieron.
Como pacientes desahuciados que se aferran a la vida y quieren infundir
entusiasmo a sus seres queridos, los ministros del Interior de Bachelet han
luchado más allá de lo que parece prudente. Sus épicos—pero esencialmente
inútiles—esfuerzos por ejercer poder hasta el final producen más compasión que
respeto entre sus aliados y adversarios.
Pérez Yoma aún no
está en una posición de debilidad extrema como la que llegó a tener Belisario
Velasco a fines de 2007. Pero el momento de más poder político del titular de
Interior ya pasó. Ahora, Pérez Yoma ha entrado a la misma pendiente de
declinación de poder que terminó por consumir las carreras de sus predecesores.
Su voluntarioso discurso llamando a una reforma política en ICARE fue mucho más
evidencia de su decreciente poder que demostración de que el titular de
Interior está al mando del timón. Más que poner más propuestas sobre la mesa,
el gobierno debería abocarse a lograr la reforma que permita la elección de los
gobiernos regionales en octubre de 2008. Si esa reforma no pasa pronto,
tendremos que esperar hasta 2012.
Después de haber
probado infructuosamente con tres personas muy distintas como jefes de
gabinetes, Bachelet no debiera seguir intentándolo. Este gobierno no va a ser
más de lo que ha sido. El discreto legado de Bachelet no le permitirá entrar a
la galería de los grandes mandatarios. Si bien ya se ganó su lugar en la
historia como la primera mujer en llegar a La Moneda, Bachelet sumará más
errores que aciertos en su hoja de vida. Incluso por sobre las protestas
estudiantiles de 2006 y la ya legendaria suma de errores de diseño e
implementación del Transantiago, la incapacidad rampante del gobierno para
controlar la agenda política y anticiparse a los problemas liderará la lista de
desaciertos de esta administración. Si bien su legado también sumará aciertos, como
la tímida pero necesaria reforma previsional y otros componentes de la red de
protección social, el suyo será el menos exitoso de los cuatro gobiernos
concertacionistas.
Afortunadamente
para todos, el gobierno de Bachelet ya prepara las maletas. Es verdad que el
discurso del 21 de mayo será el más difícil de su cuatrienio. Ya no podrá
enumerar una lista de promesas como el primer año. Tampoco podrá usar la carta
del perdón por lo del Transantiago como el segundo año. Pero apenas comience el
invierno, las coaliciones y la opinión pública incrementalmente pondrán más
atención a la elección municipal que a las iniciativas de palacio. Porque
además la Concertación ha perdido la mayoría en ambas cámaras, la capacidad
legislativa del gobierno también se verá sustancialmente mermada.
Aunque
difícilmente pueda reclamar un cada día más difícil triunfo concertacionista en
las elecciones municipales como propio, Bachelet seguirá gozando de niveles de
aprobación aceptablemente altos. Ningún hombre con resultados tan discretos en
La Moneda se beneficiaría de ese efecto de solidaridad y simpatía que despierta
la bien intencionada pero inexperta mandataria. Apenas se cuenten los votos de
las municipales de octubre se desatará la carrera presidencial. La primera
presidenta de Chile se desvanecerá ante la creciente influencia de los
aspirantes presidenciales. Si bien el palacio presidencial siempre deja de ser
influyente cuando se acercan las elecciones presidenciales, en esta ocasión La
Moneda ni siquiera tendrá capacidad para influir en el nombre del abanderado
presidencial de la coalición oficialista.
Por eso mismo, ya
no existen las razones que otrora justificaban la presencia de un Ministro del
Interior con poder político, capacidad de toma de decisiones y decisiva
influencia sobre el ejecutivo. Cuando La Moneda tiene poco que decir sobre el
nombre del abanderado presidencial de su coalición y el liderazgo presidencial
difícilmente pueda representar un caudal de votos para el candidato oficial, no
se precisa de un Ministro del Interior fuerte.
Cuando fue
nombrado, Edmundo Pérez Yoma sabía que enfrentaba un desafío difícil. Sus dos
predecesores habían fallado en su intento por tomar el control de un barco que
prometía llevar a Chile a aguas más participativas, más incluyentes, de más
desarrollo y mejor red de protección social. Pero a diferencia de Zaldívar y
Belisario Velasco, Pérez Yoma entró cuando el propio gobierno reconocía que
necesitaba un hombre fuerte en La Moneda. Llamado a liderar el ‘segundo
tiempo’, Pérez Yoma llegó a un gobierno que preparaba la salida. De acuerdo a
lo que la propia Presidenta Bachelet cándidamente confidenció al asumir, el
diseño de su gobierno suponía que las principales realizaciones ocurrirían en
los dos primeros años. Por eso, Pérez Yoma no tenía la presión de liderar
grandes avances que si afectó a Andrés Zaldívar y tampoco entró en medio de una
crisis, como Belisario Velasco que llegó a Interior cuando los estudiantes
secundarios—que ni siquiera tenían edad para votar—parecían tener arrinconado
al gobierno.
Pérez Yoma sólo
necesitaba ejercer poder para liderar un cierre ordenado del gobierno. Al
nombrarlo, Bachelet reconoció que debía cederle autoridad y capacidad de mando.
Pérez Yoma actuó en consecuencia durante los dos primeros meses. Luego,
sorpresivamente, Bachelet quiso volver a tomar las riendas. Lo hizo al decidir
que defendería a Provoste. En vez de tensionar las cosas hasta el punto de
poner su renuncia sobre la mesa en caso de que Bachelet no pidiera la renuncia
de Provoste, Pérez Yoma prefirió aceptar su derrota. Allí perdió el poder y
comenzó su lento pero inequívoca declinar. Ahora se viene una película que ya
vimos dos veces en este corto gobierno. Pero ahora no hay tiempo—ni
convicción—para intentar cambiar el curso de esta administración. Por eso, resulta
improbable que se levanten voces pidiendo un nuevo cambio de gabinete. Este
gabinete hizo honor al dicho de “el tercero es el vencido.” No porque haya
logrado cumplir sus objetivos sino porque se acaba el periodo, no hay voluntad
en los partidos, no hay más reemplazantes en la banca y tampoco parece haber
ánimo para intentar escribir un final distinto a la historia de este gobierno
que, como Pérez Yoma al llegar a La Moneda, parecía tan lleno de ilusiones y
tan bien encaminado a dejar un legado rebosante de éxitos y logros.