Un país diferente
Patricio Navia
Revista Capital,
mayo 16, 2008
En los últimos
diez años, Chile cambió. Pero el cambio había sido aún mayor en la década
precedente. Hay otros países en América latina que ahora se modernizan más
rápido. Es más, si seguimos avanzando así de lento, pronto nos alcanzarán. La
falta de renovación en los liderazgos políticos bien pudiera explicar por qué
Chile ya no es el país más dinámico de la región.
Hace 9 años, en
septiembre de 1999, comencé a escribir columnas en Capital. Mi debut fue
comentando un libro de Camilo Escalona, entonces presidente del PS. En mi
segunda columna, comenté los círculos de poder de Ricardo Lagos. En mi tercera
columna, comenté el libro La travesía del desierto de Andrés Allamand. A fines de ese año, Ricardo Lagos y Joaquín Lavín
disputaron la elección presidencial. En la Alianza, Sebastián Piñera y Allamand optaron por
declinar a favor de Lavín. En la Concertación, los DC Andrés Zaldívar
(derrotado en primarias por Lagos) y Gabriel Valdés (favorecido en encuestas)
tampoco lograron convertirse en candidatos. Los que creían que la DC debía
renovarse, proponían a la entonces Ministra de Justicia Soledad Alvear como
líder del recambio. En el gobierno saliente de Frei, José Miguel Insulza
oficiaba de primer ministro de facto. Pinochet estaba preso en Londres y Chile
vivía su primera recesión en 15 años.
Una década
después, muchas cosas han cambiado. Desde mi columna en Capital, he sido
testigo privilegiado de esos cambios. Pinochet murió sin condena, los derechos
humanos están cada día más lejos de las páginas políticas. Las protestas
callejeras son contra las promesas incumplidas de los gobiernos concertacionistas y no contra el complejo legado de la
dictadura. Chile se ha mantenido en la senda del crecimiento, aunque con
índices menos espectaculares que antes. Aunque más lento, la pobreza sigue
cayendo. Las promesas de reformas se centran en la red de protección social. Ya
casi nadie demanda cobertura en los servicios de salud o educación, las quejas
se centran en la calidad.
Aunque mucho ha
cambiado, los principales actores políticos no se han renovado. Los aspirantes
presidenciales para 2009 pertenecen al mismo grupo que lideraba la clase
política entonces. Inevitablemente, su perspectiva está influida más por el
Chile que se fue más que en el que viene. Para ellos, los recuerdos divisivos
del pasado dictatorial y de la exitosa transición pesan más que los desafíos de
inclusión y oportunidades para pokemones y pelolais que enfrentará Chile en la próxima década. Las
glorias y los fantasmas pasados a menudo obstruyen su capacidad de ver y
entender este nuevo Chile que ellos mismos ayudaron a construir.
Afortunadamente,
la sociedad está más consciente de la necesidad de renovación. Antes de las
presidenciales de 2005, la opinión pública forzó a la elite concertacionista
a proclamar a Michelle Bachelet como su candidata.
Con una campaña que se basó en la gente portando bandas presidenciales, Bachelet llegó a La Moneda. Aunque prometió recambio y
caras nuevas, no pudo cumplir. Respecto a las expectativas, el suyo ha sido un
gobierno decepcionante. En tanto resultados concretos, ha sido una
administración discreta. Si bien ha habido reformas de modernización, pensiones
y educacional, la “Protesta Pingüina” y el Transantiago lideran los legados de este gobierno. Pero el poco éxito de Bachelet
no significa que la demanda por renovación haya desaparecido.
La incapacidad de
Bachelet para potenciar rostros y liderazgos de
recambio obliga a la Concertación a buscar entre sus liderazgos probados a un
abanderado presidencial. Por primera vez desde el retorno de la democracia,
ningún ministro de estado en ejercicio es presidenciable. En la Alianza, la
falta de plataformas para potenciar nuevos liderazgos los obliga a confiar en
candidatos presidenciales ya derrotados antes. Piñera
iniciará su cuarto intento por llegar a la presidencia. Lavín, en cambio, pese
a su determinación a no buscar La Moneda, sigue siendo el más popular de todos
los presidenciables de la UDI.
Por que Chile
cambió más que su clase dirigente, el gran desafío de la clase política hoy es
la reinvención. Ya que es improbable que en el futuro inmediato aparezcan caras
nuevas, los viejos líderes deben potenciar discursos nuevos que se hagan cargos
de los desafíos y realidades de hoy. De lo contrario, el nuestro será un país
que crecientemente empiece a mirar con nostalgia un pasado notable y exitoso.
Porque la sociedad quiere cambio y renovación, la clase política debiera asumir
ese desafío. De lo contrario, la opinión pública depositará su confianza en
nuevos referentes y líderes que hablen y proyecten una imagen de futuro y no
parezcan anclados en el pasado, por más exitoso que este haya sido.